Es el soneto más célebre de Francisco de Quevedo, y suele darse por el más perfecto que se escribió en español. Se publicó en El Parnaso español (1648), tres años después de morir su autor; como casi toda su poesía, no conoció la imprenta en vida.
El poema discute con una certeza —que la muerte lo borra todo— y le pone una excepción. El primer cuarteto la concede: llegará la sombra final y desatará el alma. El segundo la niega: esa alma no cruzará el río del olvido, porque su llama sabe nadar en el agua fría. Los tercetos rematan la idea con una anatomía del enamorado —alma, venas, médulas— que arde incluso reducida a nada.
Son catorce endecasílabos en dos cuartetos y dos tercetos, y todo el soneto está construido para llegar a su último verso. Quevedo era maestro del conceptismo, la agudeza que concentra un pensamiento en el menor número de palabras posible; aquí lo lleva a su extremo. «Polvo serán, mas polvo enamorado» dice, en cinco palabras, que la materia se deshace y el amor no: una contradicción que se sostiene sola.