Es uno de los sonetos amorosos de Sor Juana, y probablemente el más conocido de ellos. Se imprimió en Inundación castálida (Madrid, 1689), el primer volumen de su obra que llegó a la imprenta en vida suya, entre las composiciones que los índices antiguos describían como escritas «a instancia de un afecto».
El soneto entero es una sola idea llevada hasta el final. El amado no está: lo que queda es su imagen —la sombra, la ilusión, la ficción— y a esa imagen le habla. Los dos cuartetos le piden que se quede y le reprochan que seduzca sólo para huir; los tercetos dan la vuelta y le quitan la victoria: podrás escaparte del abrazo, pero no de la mente que te sostiene.
Es un soneto clásico, catorce endecasílabos en dos cuartetos y dos tercetos. La estrofa avanza como un razonamiento —tesis, objeción, réplica— y se cierra con el verso que todo el mundo recuerda: si el cuerpo no puede retener a nadie, la imaginación sí. La conclusión no consuela; convierte la pérdida en cárcel voluntaria.