Antonio Machado recogió el Recuerdo infantil en Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), el libro de su primera manera, íntima y simbolista, anterior a la Castilla austera que lo haría famoso. El poema recuerda una tarde cualquiera de escuela: el invierno gris, la lluvia en los cristales, un cartel de Caín y Abel en la pared, un maestro viejo «enjuto y seco» y el coro de niños cantando la tabla de multiplicar.
No pasa nada, y esa es la idea. El tedio es a la vez el tema y la forma: los versos son cortos, la rima regular y machacona como la lección, y la última estrofa repite casi palabra por palabra la primera —sólo cambia «tras los cristales» por «en los cristales»— de modo que el poema se cierra sobre sí mismo como se cierra una tarde que no acaba nunca. El tiempo detenido de la infancia queda atrapado en ese círculo.
Machado, la voz mayor de la Generación del 98, hizo de la monotonía un instrumento de precisión. Bajo la escena escolar late su asunto de siempre: la memoria, el paso del tiempo y esos «mil veces mil» que un niño canta sin sospechar cuánto tiempo cabe en la cuenta.