Rubén Darío publicó la Sonatina en Prosas profanas y otros poemas (1896), el libro que fijó el modernismo como la nueva música del español. El poema no cuenta apenas nada: una princesa está triste en un palacio de oro, rodeada de pavos reales, bufones y guardas, y suspira por algo que no sabe nombrar. Toda la fuerza está en cómo suena.
Está escrito en alejandrinos —versos de catorce sílabas partidos por la mitad— que Darío maneja como un instrumento: la geografía imposible (Golconda, Ormuz, los nelumbos del Norte), el desfile de diamantes y perlas, los nombres que valen por su brillo más que por su sentido. Es poesía que se oye antes de entenderse, y ese fue el hallazgo del modernismo: devolverle al idioma el placer del sonido.
Bajo el lujo hay una sola cosa: el ansia de salir. La princesa quiere ser golondrina, ser mariposa, perderse en el viento; su palacio es una jaula de mármol. Al final, el hada madrina promete un caballero «vencedor de la Muerte» que vendrá a despertarla con un beso — un final de cuento que deja la duda de si eso la libera o sólo le cambia de dueño. Darío lo deja abierto, y el poema vive justo ahí.