José Martí escribió los Versos sencillos en 1891, enfermo y de retiro en las montañas de Catskill, en un momento bajo de su vida de desterrado. Los hizo, dice él, en octosílabos —la medida más llana y cantable del español—, y por eso son «sencillos»: no por pobres, sino por desnudos. Martí fue el gran poeta y el gran prosista del modernismo hispanoamericano, y también el hombre que organizó la guerra de independencia de Cuba y murió en ella, en Dos Ríos, en 1895.
El poema I es un autorretrato. «Yo soy un hombre sincero / De donde crece la palma»: un hombre de Cuba que, antes de morir, quiere echar sus versos del alma. Las estrofas que siguen son escenas sueltas —el águila herida, la niña picada por la abeja, el amigo que prefiere al oro— y cada cuarteta se sostiene sola, como un proverbio.
Por eso muchas de ellas se separaron del poema y se echaron a andar solas: la canción Guantanamera está hecha con cuartetas de estos Versos sencillos, y hay quien se sabe «Yo soy un hombre sincero» sin saber de quién es. Es lo que Martí quería: versos que se cantaran.