Gustavo Adolfo Bécquer murió en Madrid en 1870, a los treinta y cuatro años, pobre y casi inédito como poeta. Sus amigos reunieron las Rimas y las publicaron en 1871, sacándolas de un cuaderno manuscrito; el orden con que hoy se numeran —esta es la LIII— es el que ellos les dieron. Con aquel librito póstumo empieza la poesía española moderna.
La rima está armada sobre una promesa que se cumple y otra que no. Tres veces anuncia que algo volverá —las golondrinas al balcón, las madreselvas a la tapia, las palabras de amor al oído— y tres veces, en el mismo aliento, aparta lo único que importaba: aquellas golondrinas que aprendieron nuestros nombres, aquellas gotas que mirábamos temblar, aquel modo de querer. Lo que vuelve es la especie; lo que no vuelve es lo que fue nuestro.
Y el poema guarda el golpe para el final. Después de tres estrofas de naturaleza que regresa, la última se pone de rodillas y dice la verdad entera: así, como yo te he querido, desengáñate, no te querrán. No es un poema sobre las golondrinas. Es un poema sobre lo que no se repite.