Machado escribió «A un olmo seco» en Soria, en 1912, mientras su joven esposa Leonor se moría. Un olmo viejo, partido por el rayo y medio podrido, ha echado unas pocas hojas verdes con las lluvias de abril y el sol de mayo, y el poeta se detiene ante esa señal mínima de vida en algo casi muerto.
El poema enumera todos los finales que esperan al árbol —el hacha, el fuego, el viento, la carcoma— y aun así se queda con el brote. En el último giro, tan callado que casi se pierde, el olmo se vuelve esperanza: el poeta anota el milagro en su cuaderno «antes que te derribe», esperando también él «otro milagro de la primavera». Leonor murió aquel verano.