Sor Juana disecciona en catorce versos una trampa del corazón: busca al que la deja ingrato y deja al que la busca amante; adora a quien maltrata su amor y maltrata a quien adora su amor. El deseo va siempre hacia donde no lo quieren.
El segundo cuarteto lo lleva al extremo: a quien la trata bien lo encuentra un diamante —duro, frío—, y se vuelve ella diamante para el que la trata mal. En los tercetos elige, con una lucidez rarísima para su tiempo, no dejarse arrastrar por ninguno de los dos: prefiere «dar trabajo» a su propia voluntad antes que rendirla. Es una de las mentes más libres del barroco pensándose a sí misma.