El poeta escribe el nombre de su amada en la arena de la playa, y la ola lo borra; lo escribe de nuevo, y la marea vuelve a llevárselo. Ella lo reprende: es vano querer inmortalizar «una cosa mortal», pues también ella, como ese nombre, un día se desvanecerá.
Él le responde que no: que las cosas bajas mueran en el polvo, pero ella vivirá en el verso. El soneto se cumple a sí mismo —el poema que promete inmortalidad es ya la inmortalidad que promete— y cierra con una fe serena: cuando la muerte venza al mundo entero, nuestro amor vivirá y renovará después la vida.
El verso se queda en inglés. Traducirlo de paso sería cambiar la obra por una paráfrasis de la obra.