El título es un término de la teología moral —la delectación morosa es el demorarse a gusto en un pensamiento placentero— y Lugones lo usa con toda la malicia del modernismo. El soneto pinta un atardecer en un jardín: la tarde con una pincelada ligera, la luna que asoma, y dos amantes cuya escena se insinúa entre las flores y la sombra.
Lugones es aquí un pintor de palabras: cada verso es color y perfume, y el sentido llega por los sentidos antes que por la idea. Pertenece a Los crepúsculos del jardín (1905), el libro más sensual del modernismo argentino, donde el jardín no es un decorado sino el escenario mismo del deseo.