Es el gran soneto del carpe diem español y el modelo del que sale, medio siglo después, el «Mientras por competir con tu cabello» de Góngora. Garcilaso mira la belleza de una mujer joven —el rostro de rosa y azucena, el cabello de oro al viento— y le pide que coja «el dulce fruto» de su primavera antes de que se marchite.
El aviso llega en los tercetos: vendrá el «viento helado» de la vejez, la nieve cubrirá esa rosa, y todo mudará «por no hacer mudanza en su costumbre». Garcilaso fue quien aclimató al español el soneto y el endecasílabo italianos; aquí esa música nueva, serena y perfecta, sirve para decir la cosa más antigua: que la hermosura y la vida se acaban.