Wordsworth vaga «solo como una nube» y de pronto se topa con una multitud de narcisos dorados junto al lago, agitándose y bailando en la brisa. El poema los cuenta por miles, como estrellas de la Vía Láctea, en una alegría contagiosa que hasta las olas parecen envidiar.
Pero lo esencial llega al final, y es memoria: cuando el poeta se tumba «ocioso o pensativo», los narcisos vuelven a fulgurar en «ese ojo interior que es la dicha de la soledad», y su corazón baila de nuevo con ellos. La naturaleza no como espectáculo, sino como algo que se guarda dentro y consuela después.
El verso se queda en inglés. Traducirlo de paso sería cambiar la obra por una paráfrasis de la obra.