Desde una colina apartada, Leopardi mira un seto que le tapa buena parte del horizonte. Pero justo por eso, porque no ve el final, imagina «espacios interminables» más allá, silencios sobrehumanos y una quietud profundísima, hasta que el corazón casi se espanta.
Entonces el viento mueve las ramas, y el poeta compara ese sonido con el silencio infinito; le vienen la eternidad, las estaciones muertas y la presente y viva. Su pensamiento naufraga en esa inmensidad, y el poema cierra con uno de los versos más famosos de la lengua italiana: «y naufragar me es dulce en este mar».
El verso se queda en italiano. Traducirlo de paso sería cambiar la obra por una paráfrasis de la obra.