Blake recorre las calles «concedidas» —hasta el río está registrado, comprado— de un Londres donde en cada cara ve marcas de debilidad y de dolor. En cada voz, en cada prohibición, oye los «grillos forjados por la mente»: cadenas que no son de hierro sino de miedo y costumbre.
En las dos últimas estrofas el poema nombra a sus víctimas: el grito del niño deshollinador ennegrece las iglesias, el suspiro del soldado corre en sangre por los muros del palacio, y la maldición de la joven prostituta cae, de noche, sobre el coche nupcial y el recién nacido. Es una de las denuncias más duras de la ciudad industrial, escrita medio siglo antes de que nadie más la mirara así.
El verso se queda en inglés. Traducirlo de paso sería cambiar la obra por una paráfrasis de la obra.