Es uno de los grandes sonetos de Quevedo sobre el desengaño y la muerte, del mismo mundo que «Amor constante más allá de la muerte». Mire a donde mire —los muros de la patria, el campo, el arroyo, su casa, su espada, su bastón—, todo le devuelve una imagen de ruina y le recuerda que se muere.
El poema avanza acumulando pruebas: los muros antes fuertes, ya desmoronados; el sol que se bebe los arroyos; el ganado que se queja del campo pelado. Y cierra volviéndose hacia dentro, hacia lo más suyo —la espada, el báculo—, vencido también por la edad. No hay dónde poner los ojos que no sea memoria de la muerte.