Un viajero cuenta que en el desierto vio las ruinas de una estatua colosal: dos piernas de piedra sin tronco y, medio hundido en la arena, un rostro roto con gesto de desprecio. En el pedestal, una inscripción: «Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes; contemplad mis obras, poderosos, y desesperad».
Y alrededor no queda nada: solo arena lisa hasta donde alcanza la vista. Shelley construye todo el soneto para que esa jactancia del tirano —«desesperad ante mi grandeza»— se lea, siglos después, como su exacta refutación. El poder que se creyó eterno no dejó más que un despojo en el desierto.
El verso se queda en inglés. Traducirlo de paso sería cambiar la obra por una paráfrasis de la obra.