«Tú me dijiste: no lloró mi padre; / tú me dijiste: no lloró mi abuelo.» Storni parte de un mandato heredado: los hombres de su raza no lloran, «eran de acero». Pero al decirlo, a quien se lo dice le brota una lágrima que cae en la boca de ella.
Y esa lágrima es veneno: en ella la poeta bebe de golpe el dolor de siglos que los hombres callaron. El peso ancestral del título es esa carga contenida durante generaciones, que el alma —«débil mujer, pobre mujer que entiende»— apenas puede soportar.