Tres estrofas, tres súplicas a la naturaleza desatada: a las olas gigantes que rompen bramando, al huracán que arrebata las hojas secas, a las nubes de la tormenta que envuelven el rayo. A las tres les pide lo mismo: «¡llevadme con vosotras!».
Y en el último verso, tras tanta furia, aparece el motivo, dicho casi en voz baja: quiere que la tempestad se lo lleve «por piedad», porque tiene miedo de quedarse «a solas con mi dolor». Es el romanticismo de Bécquer en su forma más pura: pedirle a lo inmenso que lo arranque de sí mismo.