Cuatro versos, y una de las declaraciones de amor más recordadas de la lengua. Bécquer va subiendo la apuesta: por una mirada daría un mundo, por una sonrisa un cielo entero; y al llegar al beso, se queda sin medida y sin palabra: «yo no sé / qué te diera por un beso».
El poema entero está construido para ese titubeo final. Frente a lo que sí puede tasar —un mundo, un cielo—, el beso queda fuera de toda cuenta: no hay nada tan grande que ofrecer. En su brevedad de copla, la Rima XXIII cifra la poética amorosa de Bécquer, hecha de mucho sentimiento y muy pocas palabras.