Solo y pensativo, Petrarca recorre a pasos lentos los campos más desiertos, con los ojos atentos para huir de cualquier huella humana en la arena. No encuentra otro refugio que la soledad para que la gente no lea en su rostro cómo arde por dentro.
Cree que ya solo los montes, los ríos y los bosques saben de qué temple es su vida, oculta a los demás. Y sin embargo —remata el soneto— no hay camino tan áspero ni tan salvaje donde Amor no venga siempre a razonar con él, y él con Amor. La soledad no lo libra del amor: lo acompaña. Es uno de los sonetos fundadores del Canzoniere.
El verso se queda en italiano. Traducirlo de paso sería cambiar la obra por una paráfrasis de la obra.