Vivo sin vivir en mí

Poesías, 1611

Vivo sin vivir en mí,y de tal manera espero,que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mídespués que muero de amor;porque vivo en el Señor,que me quiso para sí;cuando el corazón le dipuse en él este letrero:que muero porque no muero.

Esta divina prisióndel amor con que yo vivoha hecho a Dios mi cautivo,y libre mi corazón;y causa en mí tal pasiónver a Dios mi prisionero,que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!¡Qué duros estos destierros,esta cárcel, estos hierrosen que el alma está metida!Sólo esperar la salidame causa dolor tan fiero,que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amargado no se goza el Señor!Porque si es dulce el amor,no lo es la esperanza larga.Quíteme Dios esta carga,más pesada que el acero,que muero porque no muero.

Sólo con la confianzavivo de que he de morir,porque muriendo, el vivirme asegura mi esperanza.Muerte do el vivir se alcanza,no te tardes, que te espero,que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte,vida, no me seas molesta;mira que sólo te resta,para ganarte, perderte.Venga ya la dulce muerte,el morir venga ligero,que muero porque no muero.

Aquella vida de arribaes la vida verdadera;hasta que esta vida muera,no se goza estando viva.Muerte, no me seas esquiva;viva muriendo primero,que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darlea mi Dios, que vive en mí,si no es el perderte a tipara mejor a Él gozarle?Quiero muriendo alcanzarle,pues tanto a mi Amado quiero,que muero porque no muero.

Texto íntegro según la transcripción de Wikisource en español. No se introdujo ninguna enmienda.

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Sobre el poema

Es el poema más conocido de Santa Teresa y una cima de la lírica mística. El estribillo lo dice todo en tres versos: «Vivo sin vivir en mí, / y de tal manera espero, / que muero porque no muero». El alma vive fuera de sí, sin acabar de vivir su propia vida, porque lo que ansía es la unión con Dios —y esa unión plena solo llega con la muerte.

De ahí la paradoja que recorre las ocho glosas: la muerte no es aquí un final sino la puerta de la verdadera vida, y por eso el alma la desea. Escrito en la forma popular del villancico glosado, con su estribillo que vuelve una y otra vez, el poema convierte una contradicción lógica —morir por no morir— en el centro exacto de la experiencia religiosa.