Es el soneto que cierra Prosas profanas (1896), y es un poema sobre la imposibilidad de escribir el poema perfecto. «Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo»: el capullo de pensamiento que quisiera ser rosa, el abrazo imposible de la Venus de Milo, un ideal que se ofrece y no se deja alcanzar.
El maestro de la forma confiesa aquí que la forma se le escapa. El poema termina sin cerrarse, en un signo de interrogación —«el cuello del gran cisne blanco que me interroga»—, dejando la busca abierta. Es el reverso lúcido del virtuosismo modernista: saber que lo que se persigue siempre queda un poco más allá.